
- Tabby Wilson
- BBC News, Sídney, Australia
- Tiempo de lectura: 8 min
Seis meses después de dar a luz a su primera hija, tras una lucha de años para concebir, a Chrissy Walters le dijeron que era probable que su hija creciera sin ella.
Walters había sufrido una hemorragia grave mientras estaba en su casa de Toowoomba, una pequeña ciudad a dos horas de Brisbane, en el este de Australia.
Tras varias visitas al hospital, citas médicas y biopsias, le diagnosticaron un cáncer de cuello uterino avanzado. Tenía 39 años.
"Simplemente le dije a [mi marido] Neil que se había producido un gran error", recuerda Walters.
Lleva ya más de una década sometiéndose a tratamientos, que la debilitan y son increíblemente invasivos, pero el cáncer se ha extendido a otras partes de su cuerpo. Sus médicos dicen que su diagnóstico ahora es terminal.
"Nunca le desearía [esto] ni a mi peor enemigo", afirma.
Su hija, que ahora tiene 12 años, ha crecido con la enfermedad omnipresente en su vida. Walters cuenta que la familia ya mantenía conversaciones francas sobre la muerte cuando la pequeña tenía tan solo 3 años.
Pero en 2026, su hija habrá alcanzado la edad en la que Australia comienza a vacunar a los niños en su intento por eliminar la enfermedad que, con el tiempo, acabará con la vida de su madre.
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